101 AÑOS: POR OTRO CENTENARIO LLENO DE IDENTIDAD
Carta a Universitario
Tenía nueve años, y el mundo aún era una maqueta de cartón. El fútbol no era mi idioma natural, ni el deporte mi vocación. Pero había una inquietud tibia, silenciosa, como esas cosas que uno no sabe nombrar pero las lleva dentro. Decía, en voz baja, que algún día quería defender tus colores. Que quizá sería arquero. Que en mis sueños infantiles yo también volaba como “Superman” Fernández, aunque en la vida real fuera cojo de destreza y manco de puntería. Que pateaba los tiros libres como si de mis botines nacieran los disparos secos de “Ñol” Solano, aunque solo fuera en la soledad del patio o sobre el polvo invisible de la memoria.
Fue en el 2009, cuando mi tío el "Chato" me regaló esa camiseta. Crema como la luz del alba. En el pecho, esa vocal hermosa que parecía encenderse con el sol. No sabía aún del todo qué significaba ser de la “U”. Solo sabía que, al ponérmela, ocurría una pequeña revolución en mi interior. Me reconocía. Me encontraba. Me soñaba. Supe después que habíamos campeonado en Matute. No entendía bien lo que eso implicaba, pero en las calles el eco de una de un clásico era fulminante, y lo celebré, porque vestir tus colores ya era ser parte de tu historia, aunque fuera desde una provincia que te miraba desde lejos, por televisión y a veces con interferencia.
Pasaron los años. Y pasé yo también. Crecí. Me volví más callado, más observador. Pero un día cualquiera del 2013, encendí la televisión sin pensarlo. Fue como si el destino, a veces tan tramposo, decidiera redimirse. Estaban transmitiendo una final. Era la “U”. De pronto, todo volvió. La camiseta, los sueños de infancia, las tardes de juego, los goles gritados en soledad. Pero esta vez no era solo entusiasmo. Esta vez era pertenencia. Comprendí que ya no era un niño que quería que ganara su equipo, sino alguien que había encontrado su reflejo en una camiseta.
La “U” no era solo un equipo. Era mi forma de sentir. Mi modo de estar en el mundo.
Hoy cumples 101 años, Universitario. Y yo ya soy mayor de edad, y aunque el tiempo me ha puesto más peso en la espalda, hay cosas que no han cambiado. Todavía tiemblo con cada gol. Todavía me duele cada caída tuya como si fuera mía. Todavía me abrazo a tu escudo como si fuera un talismán.
Si tú estás bien, yo estoy bien. Si tú triunfas, yo también. Somos, quizás, una especie de simbiosis inexplicable. Porque tú eres gloria, mística, multitud. Yo apenas soy uno. Pero no me culpo, ni te culpo. Somos lo que somos: yo, humano frágil; tú, leyenda viva. Tú, bandera ondeando incluso en las peores tormentas. Yo, hincha a veces cansado, a veces triste, pero jamás rendido.
Tal vez nunca defienda tus colores en el campo. No soy atleta. No soy jugador. Pero aprendí que hay otras formas de luchar por ti. Que también se milita desde la tribuna, desde una página, desde la voz que resuena en un cántico, desde una publicación en redes que nadie pidió pero muchos sienten. Desde cada lágrima derramada en un campeonato perdido, desde cada grito que sale con el alma cuando ganamos.
Y por eso, querido Universitario, gracias. Por haber existido antes de mí y por hacerme existir de una manera más plena. Por enseñarme que no todo se trata de ganar, sino de resistir. Que el amor se demuestra en los días de derrota tanto como en las noches de gloria. Que la lealtad no se cambia por la moda. Que ser de la “U” es haber elegido un camino difícil, pero profundamente bello.
Hoy que cumples 101 años, te celebro como se celebra a los amores eternos: con devoción, con poesía y con gratitud.
Gracias por existir.
Gracias por encontrarme.
Gracias por no dejarme nunca.
Y dale “U”. Por siempre escucharán
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